Para muchos, una distracción sin importancia. Para otros, entre quienes me cuento, un genio. Creo que ya lo había dado todo. Acaso abrazó la muerte como una recompensa.
Al menos para mí. Ya no me interesa. Me parece aburrida, previsible y mezquina. Los políticos inventaron una argucia para que las personas responsables siguieran asistiendo a su circo, y es la siguiente: Como nuestras vidas dependen (innecesariamente) de la política, debemos prestarle toda nuestra atención, participar en ella y acogerla en nuestras vidas con entusiasmo. En caso contrario, se incurre en una grave irresponsabilidad civil que deslegitima nuestras quejas contra las medidas políticas.
Pero claro, esto no es más que un sofisma, pues los políticos no deberían estar ahí: definitivamente sobran de la ecuación. Así, tengo todo el derecho a quejarme, empezando por el simple hecho de que ocupen sus puestos, de que se les pague, en el mejor de los casos, por no hacer nada, y en el peor, por saquearnos indiscriminadamente. La política, entendida a la manera de los griegos, es organización. ¿Alguien con dos dedos de frente se atrevería a insinuar que los políticos representan el orden o la organización? No será necesario citar los numerosísimos casos de corrupción, ineptitud, familiares y amigos colocados a dedo, obras públicas desastrosas, y un sinfín de medidas calamitosas tomadas a la ligera y sin el más mínimo criterio.
Hay muchas personas inteligentes dedicadas a seguirle el juego a los políticos. Si enfocaran sus energías a cuestiones más interesantes, el mundo mejoraría notablemente. Y los políticos, con el tiempo, caerían en desuso.
Mi mala memoria y todas mis ocupaciones actuales se han aliado para provocar que se me olvidara renovar mis dominios. Por lo pronto, éste ha estado abajo un día y pico. Es por ello que quiero pedir disculpas a mi audiencia (si es que todavía tengo), y sobre todo, agradecerle a mi buen amigo Sergio que haya estado tan atento avisándome.
Sergio, campeón, ya no tienes excusa para que te invite a unas cervezas.
No hay mucho más que decir, salvo que me siento muy orgulloso de haber ganado un premio entre visiones tan puras y únicas de la Semana Santa de Sevilla.
Nunca he sido un cofrade; tampoco aspiro a serlo. Me gusta la Semana Santa, pero fácilmente olvido nombres, detalles, itinerarios, insignias y horarios. No es por desidia. Sospecho que se debe a que quiero encontrarme con sus secretos cada año, como si fueran nuevos. La Semana Santa es un laberinto inabarcable que no agotan las enrevesadas calles de Sevilla.
Este concurso es muy importante porque anima a buscar estampas únicas y sorprendentes. Al cabo de algunos años, cuando miremos todas las fotografías en conjunto, veremos uno de los rostros de la Semana Santa. Será necesario seguir fotografiando para descubrir el resto, que son infinitos.