
Hace ya unas semanas, Pedro M. Martínez me pidió que leyera unos cuantos relatos de su primer libro,
Nunca llueve sobre el Sáhara y otros relatos, con la idea de escribir una reseña. Me negué a hacerlo porque prefería el libro completo, a lo que Pedro, siempre tan amable y educado, accedió sin problemas.
Durante sus 137 páginas me ha sorprendido una prosa limpia y precisa, despojada de adornos innecesarios, de recarga inútil; una prosa que también es dura y seca, como los parajes y los personajes que componen el mosaico del libro. La dureza, la dificultad, lo árido, no está en la forma, sino en el fondo que subyace incluso por debajo de las tramas. Esto es, quizá, lo que me ha causado esa sensación de desconcierto general, inicialmente impulsada por el hecho de ignorar si estaba leyendo una crónica personal, una ficción que juega con tiempos dispares (es decir, con la memoria) o una recopilación de la más castiza tradición oral. Reconozco que es un aspecto que me importa poco, ya que en la literatura no busco la veracidad (algo, por otra parte, prácticamente imposible de lograr), sino el engaño creíble. En sus páginas perduran personajes sonámbulos, bien definidos pero fantasmales porque dejan, siempre, un rastro de nostalgia amarga. A esto me refiero. Es fácil perderse entre esas caras desconocidas, entre la ruína urbana, en los apartamentos ajenos con "un sinuoso y solitario número 2".
Otro logro fundamental del autor es su hábil estimulación de los sentidos. Sus descripciones, sobrias pero eficaces, trasladan al lector a un mundo discontinuo que se destruye y regenera en cada relato. Se suele aceptar que el objeto de una descripción debe ser conocido por lector y escritor para que la comunicación funcione. Sin embargo, aun desconociendo algunas visiones levemente bosquejadas, olores apenas atisbados, es posible imaginarlos con fidelidad.
El tema plantea un problema. Por una parte, no me atrevo a identificarlo con claridad, pues el libro parece haber sido concebido como una fugaz enumeración de particularidades. Por otra parte, creo que hay una idea vertebradora que atraviesa todos los relatos con más o menos visibilidad. Me refiero a la añoranza del pasado, pero no de una idealización, sino de pulsiones que, intactas o mutadas, a ratos calmadas, a ratos abruptas, parten de experiencias vividas.
No obstante, hay un par de aspectos que no me han convencido. En primer lugar, el final de los cuentos me parece, por lo general, menos contundente que el desarrollo. Soy un lector de finales definidos, incluso cuando son abiertos. No me refiero a la trama, que puede ser todo lo difusa que se quiera, sino al lado estético que nos conduce al cierre. Entiendo que no es un fallo de ejecución, sino un efecto pretendido por el autor. Por otra parte, creo que la voz del autor está demasiado presente en algunos pasajes, lo cual aleja al lector del ambiente propuesto, sacándolo del relato. Claro que se trata de impresiones basadas en mis gustos particulares y probablemente no extrapolables a otro tipo de lectores.
En conjunto, el libro es una pieza sumamente interesante porque partiendo de una realidad concreta, crea, en el lector joven, la sensación de estar contemplando la memoria de un mundo inventado pero perfectamente creíble. Otros lectores, cuya edad alcance dicha época, redactarán otras críticas más veraces y precisas.
Pedro M. Martínez es director de la revista Almiar, de la que ya hablé hace tiempo.