| 5 anteriores >> |
|
A GuKLlevaba en planta desde las seis de la mañana. Se le conocía por sus riff delirantes y agresivos. Su vida se basaba en el instante, y nunca tuvo problemas para quedarse con la más guapa. Pero por encima de todos los acordes, de las guitarras reventadas contra los bafles y de las melenas agitándose al son de sus dedos, lo que más le importaba (lo único, dirían algunos) era su voz. Cascada, por supuesto, y sin llegar a ser chillona, no era todo lo cavernosa que cabría esperar viendo su cara de malas pulgas. Parecía metálica, pero no con la limpieza del metal trabajado, sino áspera como el fragmento de roca que se extrae de la mina. El vasito de whisky no faltaba nunca en su mesa. Ni la botella sin etiqueta, todo un enigma. Se lo había hincado del tirón y sin respirar. En su cabeza resonaba todavía el estruendo del último concierto. La gente lo aclamaba, y las tías se le insinuaban como perras para llamar su atención y acabar en su camerino esa noche. Se dejaba arrastrar por los maremotos acústicos que sacudían la sala, se perdía en ellos y gritaba las frases sin pensar en nada más. Había rechazado el sexo porque no podía sacarse una melodía de la cabeza. Se fue a casa solo, andando y medio emporrado. Sentado frente a la ventana, viendo pasar a toda esa gente estúpida y responsable que iba a trabajar, se preguntaba si su vida era realmente interesante. Siempre hacía lo que le daba la gana, sin pensar en las consecuencias, como el sonido brutal que se pierde galopando a través de las paredes de cualquier garito underground de mala muerte. Estaba nostálgico, que en su jerga quiere decir hasta los huevos de esa perra vida de ir de un lado para otro como un mendigo. En el escenario no se sentía especial. Jamás se había sentido especial. Simplemente tocaba y olvidaba sus rencores. Bruscamente había anochecido. La gente, como en un espejo, volvía a sus casas. Se levantó, cogió su Epiphone Les Paul 100 rojo cereza (le parecía más pesada) y la enchufó en el amplificador. El punteo se quedó en un manso quejido. Abrió la boca y sólo consiguió un ronquido. Treinta años de drogas y alcohol le habían anulado los dedos y le habían destrozado las cuerdas vitales. Sólo su carácter, terco y duro como sus canciones, herido y mutilado, seguía gritando en la soledad de su silencio. Sólo su carácter. |
Llamaron a la puerta. Era tarde. Mi abuelo paterno esperaba en el descansillo. Lo conduje al salón y nos acomodamos, cada uno en un sofá. Estuvimos un rato sin hablar ni mirarnos. Sólo rompió el silencio para hacer un comentario intrascendente de la foto de mi hermano.
-¿De dónde vienes? -le pregunté al cabo. -¿No te interesa más saber por qué vengo? -respondió. -Las causas son un engaño. Me interesan más los lugares, que son ineludibles. -Está bien -dijo tras mirarme inexpresivamente-, vengo de mi casa. He estado revisando unos álbumes de fotos muy antiguos. -¿La vejez te ha enternecido? -le pregunté.
Volvió la vista hacia las estanterías de libros. Le llamaron la atención algunos volúmenes de mi colección de Aguilar. Me pidió las Obras Completas de Kipling.
-Cógelo tú mismo -murmuré.
Fingiendo torpeza, se levantó y lo cogió con cuidado. Mientras leía, aproveché para observarlo. Toda una vida marcaba su castigado rostro, aunque poco parecía haber calado más allá de la superficie.
-"Charlie había probado el amor, que mata el recuerdo" -citó de pronto, sonriendo-. En las obras de Kipling suceden hechos sorprendentes con asombrosa sencillez. La vida no suele ser tan grata, salvo esta noche.
Pensé que la edad empezaba a pesarle y quizá se le hubiera ocurrido alguna estupidez.
-Para lo que te queda, ¿no es mejor esperar? -comenté irónicamente. -Anoche no podía dormir -musitó-. Como siempre, durante años, me torturaban mis recuerdos. Tu padre, tu hermano y tú, sois un espejo de mis carencias y mis errores. Ya no puedo arreglar nada, no me queda tiempo. Pero no quiero morir atormentado. -¿Has descubierto el secreto de la eterna juventud? -deslicé como sin querer. -No, he descubierto la cura del remordimiento -sentenció gravemente. Su mirada era inusualmente firme-. Si no hubiera cometido los errores que representáis, podría morir en paz. Es evidente que no puedo volver al pasado para repararlos, así que sólo queda una solución.
Dejó el libro en la mesa.
-Si no existiérais -prosiguió-, yo sería libre. Antes de venir, en mi casa, he aniquilado vuestra existencia en mi pasado. De un momento a otro ya no podréis constreñirme más.
Se levantó para irse y lo acompañé, perplejo aún por su desvarío. Lo vi alejarse por el descansillo, tácitamente. Nadie más lo vería esa noche. Mientras la puerta se cerraba, los cuadros del recibidor, el espejo inconsciente, el paragüero, la foto del desconocido al fondo, en el salón, todas esas cosas, se me antojaron repentina, inexorablemente ajenas. |
A Brian W. Aldiss
Siguiendo instrucciones que sólo él podía entender, pues se hallaban escritas en un gran cartel blanco, extrajo una pesada caja de vida del interior del Alma Cálida. Ahora sólo restaba introducir otra caja igual, que debía estar en la sala contigua.
Nunca se hablaba del Alma Cálida. Sólo se sabía de ella por la Leyenda Ancestral, que compilaba el saber pasado y futuro de toda su civilización y que pasaba de padres a hijos en forma de cuentos.
El día que el Inútil fue requerido por el Consejo Primordial, su madre se sintió tan orgullosa que no dejó de preparar comida en todo el día. El Inútil era el único habitante del mundo incapaz de hacer algo aprovechable. Todos los demás llevaban a cabo un oficio con más o menos habilidad. Él, en cambio, sólo sabía leer y escribir. Su aprendizaje era un misterio, porque cuando era interrogado al respecto, sonreía con simplicidad y terminaba por disuadir a sus interlocutores con una mirada fija e inexpresiva que podía durar horas.
Ya en el erudito salón donde lo habían citado, el Consejero Índice le habló en estos términos:
-Te hemos hecho venir para encomendarte una misión. Eres libre de aceptarla o declinarla, pero debes saber que la continuidad de nuestro mundo depende de su éxito.
El Inútil había adoptado esa odiosa actitud de sordera intelectual que tanto irritaba a sus conciudadanos. Los ancianos esperaban una respuesta.
-La aceptaré -dijo de manera monocorde.
-No te hemos explicado en qué consiste -replicó uno de los ancianos, de ojos pequeños y mandíbula estrecha.
-Nunca he hecho nada útil -aclaró el muchacho-. Mi madre se alegrará.
-Bien -dijo el Consejero Índice-, no cabe más demora. Debes llegar hasta el Alma Cálida y reanimarla. Podemos indicarte el principio del camino, pero nadie ha llegado muy lejos, o al menos no ha vuelto. La Leyenda Ancestral dice que cuando estés ante ella, sabrás cómo actuar.
-¿Qué es el Alma Cálida? -preguntó el Inútil.
-Es el alma del mundo, lo que nos mantiene vivos -le explicó un anciano espigado-. Su calor ha durado innumerables generaciones, pero se está enfriando, lo cual nos condena inexorablemente.
Ahora estaba allí, en una sala oscura dominada por una cúpula, frente a la mítica Alma Cálida. Era enorme, cilíndrica y parecía de cristal, porque en su interior se veía una placa gris que se alzaba, aproximadamente, hasta la mitad de su altura. A lo largo de la superficie había numerosas rayas horizontales, unas más largas que otras. Las más largas tenían números a su izquierda, que iban del cero al cincuenta. Siempre se la había imaginado como un ser vivo, pero a pesar de su simplicidad, entendió que sólo era un objeto inerte. Aunque le habría gustado ser recibido por sus amigos en una gran fiesta que celebrara su heroicidad, aunque el descenso de la placa gris no se detenía, aunque sobre sus hombros recaía toda la esperanza, la última esperanza, allí no había ninguna caja de vida que salvara a la enigmática Alma Cálida. Recordó las últimas palabras que había cambiado con los ancianos:
-Yo no tengo ninguna virtud. No sé trabajar ni usar las manos -protestó el Inútil.
-Tienes la única virtud que puede servir en este viaje -le respondió el Consejero Índice-: sabes leer y escribir. Se dice que sólo un lector puede reanimar el Alma Cálida.
La lectura ya no servía. Empezaba a hacer frío, así que el Inútil se arrinconó para escribir la prodigiosa historia de su mundo, los pasteles de su madre, la incisiva mirada del Consejero Índice y la paradójica frialdad del curioso artilugio que llamaban Alma Cálida, testigo ulterior de un sueño que todos debían dormir. Mientras tanto, la placa gris seguía decreciendo. Cuando llegó a la cifra más baja, a los cero grados centígrados, los papeles cayeron suavamente y el indicador luminoso de un destartalado aparato, cuyas baterías se habían agotado, se apagó definitivamente. En el viejo almacén sólo quedaba una fría penumbra azul que ocultaba el polvo de las máquinas, de todos esos cementerios que alguna vez fueron universos llenos de vida. |
Tu amor de violenta espuma violácea me va marcando las palabras que debo escuchar, las notas que me deben llenar, la eléctrica fuga de mis dudas. Y de pronto descubro que soy tú intentando fingir un yo.
El otro día, la calle estaba perfumada de alcanfor salido de alguno de nuestros cuentos de Cortázar, y en algún café de esquina sonreía, con nombre tipografiado con Olvetti, una chica que quizá no estaba.
Tanto tiempo juntos me ha ido construyendo una casa donde a veces me quedo un tiempo, pero de la que a ratos me apetece salir y dejar las ventanas abiertas. Y no basta con respirar hondo. No basta.
Los enamorados iban al parque, van al parque, irán al parque al atardecer, como siempre. Y concluirán un perfecto rito que nosotros hemos gastado y acaso perdido. Ahora pienso que sería hermoso seguir su danza de nuevo, pero me pregunto si merece la pena.
Lo que trato de contarte a cachos, a sentimiento mutilado, es que me asfixio y sin embargo quiero seguir. Pero necesito tu mano. Tu expresión estática de póster de Ella Fitzgerald o de James Dean. Tu mirada a veces nula que transmite tanto... de mí hacia ti.
¿Recuerdas cuando nos inventábamos nuestra historia, cuando pensábamos que estaría llena de instantes-selva-sombreados, de frescura-flor, de timidez-niña-eterna? Y se nos olvidó lo más grave: la sombra-gris-tristeza.
Las hojas caen y envidian a las verdes perennes. Pero el Tiempo las compadece y, al poco, renacen más hermosas, más brillantes, renovadas. Y basta un árbol de un bosque oculto; y sobran motivos para estar allí.
No puedo perderte. No puedo abandonar las risas de vivo poema líquido, las broncas de chispa fácil, las reconciliaciones de "whitelabel" y "ronnegrita" entre beso y borrachera. No puedo dejarte en brazos de la nostalgia sólo por las dudas, si al fin y al cabo con dudas te conocí y ellas arroparán mi lecho de muerte. No puedo porque me siento débil y cobarde y el camino es negro y hostil y hay ausencias que dan miedo.
Tú, de mirada-brecha en mi alma, de preciso instante para calmarme y para excitarme, de colchón azul y sábana estampada de naves espaciales, de cosas que son mías como tuyas y de tantos detalles que matan de dulces. A ti no puedo dejarte, a ti no puedo.
Y es que todo era una sorpresa, incluso para mí. Mira, acabo de terminar la carta y no había notado que hoy es "catorcedefeberero-sanvalentín", y me ha alegrado. Por fin un rito, por fin una certeza (tú misma, tu vida, tu amor), por fin las nuevas hojas verdes en mis ratos de primavera naciente. |
A mis hermanos cubanos, a los que jamás olvidaré
Desperté en la oscuridad. Todavía resonaba, aunque débilmente, una voz dando la hora. Instintivamente alargué el brazo para encender la luz y toqué un muro de piedra. Estirando un poco el pie, toqué otra vez la frialdad. Sobresaltado, me levanté y traté de caminar, pero a los pocos pasos choqué con algo metálico: una reja. Todo vino de golpe. Una celda, la cárcel, es absurdo. Debí de gritar algo. Al poco, una sombra se acercó a la puerta de mi celda. Yo estaba intentando explicarle el error cuando me golpeó con algo duro y caí al suelo. Después me escupió y sentí que me insultaba. Su acento me sonó extraño, pero al rato deduje que era cubano... ¿Cubano? ¿Yo en Cuba? ¿Y por qué en la cárcel? Una suerte de impotencia y de agotamiento me hundió en el sueño. Por la mañana pude ver la celda, que sin saber había compartido con cucarachas y otras alimañas. La suciedad era antigua y estridente, y el olor inutilizaría mi olfato en pocos días. Mi celda no tenía ventana; el sol llegaba por un angosto corredor cuya entrada no alcanzaba a ver. Enfrente no había celdas, sino un muro de cemento desnudo. Todo esto pude observar hasta que volvió a caer la noche. La frase "he perdido la cuenta del tiempo" suena gastada hasta que un día, atrozmente, aplasta la conciencia sin piedad. Todos los días son una invariable repetición de lo mismo, salvo algunos golpes de los carceleros y las breves palabras que un día intercambié con el de la celda de al lado, de quien sólo he visto una mano: "Ya no hay fuerzas ni pa cantar", me dijo con esa agradable musicalidad de los cubanos. "Pero algún día se acabará esto", añadió con una esperanza contagiosa y frágil. La comida es repugnante y escasa. La enfermedad, un guiño de la muerte. Los gritos de otros presos anuncian las palizas que a los demás nos esperan. Despierto. No hay un frío muro detrás... ni a los pies. Una leve luminiscencia entra por una ventana. Estiro la mano y acciono un interruptor... mi interruptor. ¡Mi casa! Una simple pesadilla... Quizá, las prisiones cubanas no son como las de mi sueño (y me lo repito mentalmente para calmar mi conciencia). Un momento después, en mi felicidad mezquina, me pregunto si alguien sabe a ciencia cierta cómo son. |
| 5 anteriores >> |
|
|